viernes, 13 de septiembre de 2013


I. AMAR

Necesitamos amar y sentirnos amados. Es una ley universal. Una vez satisfechas las necesidades básicas, frecuentemente a través de alguien que nos ama y nos cuida, el resto de nuestra actividad tiene por objetivo amar y ser amado.

Nos levantamos, andamos, trabajamos, hablamos… con la esperanza y la necesidad de ser amados. Todo lo que hacemos se realiza con esa finalidad última, sea o no expresada. 

Cuando en nuestra infancia no nos sentimos suficientemente queridos, valorados, respetados se produce una herida: una herida narcisista.

Esa herida nos afecta en el futuro. Nos impide una percepción correcta del afecto de los demás. Nos impide que el amor que sentimos y nos rodea pueda ser valorado y sentido plenamente.  Entonces nos convertimos en seres insatisfechos. Seres siempre sedientos de un amor que es imposible de satisfacer. Dedicamos cada vez más energías en su búsqueda. Hiperactuamos, nos esforzamos cada vez más con la vana esperanza de satisfacer un abismo sin fondo.

Nuestro esfuerzo, nuestra sobreactuación, nuestra búsqueda desesperada de amor en múltiples personas y contextos nos conduce a un agotamiento personal inevitable. En ese momento en que te sientes vacío, cansado de una búsqueda incesante e insatisfecho, nuestra herida narcisista se retroalimenta. En el fondo de nuestra mente aparecen mensajes dolorosos: “nada de lo que pueda hacer, me proporcionará el amor que necesito”, “No hay amor para mí, en el mundo”.

En ese momento de desesperación, aceptamos relaciones de amor desequilibradas. Aceptamos migajas de amor, situaciones injustas, por un poco de amor. Podemos llegar a prostituirnos por un poco de afecto o aceptar situaciones de maltrato físico o síquico.

Esta situación supone una fuerte estado de desesperación interior. Nos creemos incapaces de merecer un amor digno por nosotros mismos. Nos sentimos acorralados entre ese afecto que nos denigra y un estado de soledad que es percibido como total e insufrible.

Como todo en la vida, la salida a este tipo de situaciones sólo puede ser planteada a través de enfrentarnos a nuestros miedos. El miedo último a la soledad y al peligro de desaparecer que asociamos a no ser cuidado. El miedo a ser abandonado y dejar de existir. La salida es afrontar: poder quedarnos solos y ver que seguimos respirando unos segundos más. Poder quedarnos ahí y ver que hay un camino más allá.

No hay comentarios:

Publicar un comentario