viernes, 6 de septiembre de 2013


I. EL DOLOR NO ENSEÑA

El dolor no enseña nada especialmente. Es decir, no aporta ninguna oportunidad añadida para el aprendizaje. Nada más allá de cualquier otra experiencia vital como la alegría, la sorpresa, la gratitud.

Magnificamos los periodos de dolor. Primero y más evidentemente, por su enorme coste emocional y energético. Segundo, porque lo percibimos como un castigo negativo que de alguna manera ha de ser compensado. Tercero, para sobrevivir a la experiencia y poder continuar esperanzados con la vida. Nos decimos “lo he pasado mal pero he aprendido la lección”. Tal vez tengamos razón. Pero el aprendizaje se podría haber realizado desde múltiples caminos, desde otras experiencias.  Es innecesariamente doloroso buscar el aprendizaje a través del camino del dolor.

Las experiencias dolorosas son inevitables y nos sacuden invariablemente. Cuando el mismo tipo de experiencia se nos repite es evidente que debemos realizar un aprendizaje y un cambio de actitud necesario.

Frecuentemente no podemos evitar la experiencia dolorosa. Nuestros padres antes o después morirán. Algún amigo desaparecerá de tu vida sin que puedas entenderlo.  No todas las relaciones que comiences funcionaran. Siempre encontraras a alguien que te trate mal. Estamos inmersos en un enorme tapiz de vida cuya trama es infinitamente compleja y te sacudirá aunque tu actitud ante la vida sea sabia y elevada.

Tenemos una herramienta fundamental que regula el impacto del dolor sobre nosotros: El desapego. Si nos aferramos a las cosas, a las personas, a la experiencia feliz y nos resistimos al cambio, sufriremos. Si abrimos los dedos de las manos y no nos resistimos a que todo fluya y cambie, limitaremos el dolor a su experiencia natural. Debamos dejar pasar. Ahora eres feliz, pues agradece y deja pasar. No te aferres a lo que ayer te hizo feliz, no intentes repetir de forma fetichista la escena. Déjate crear y cambiar.  

Es una tarea que comienza en nuestra mente: en la idea que nos hemos forjado de nosotros mismos y de nuestro proyecto de vida. De lo que creemos que necesitamos y buscamos para ser feliz. Es una idea preconcebida y limitada que hemos ido construyendo en relación a nuestro entorno. Recibiendo los elementos de nuestros padres, de nuestros amigos, de los medios de comunicación. Hoy, ahora, puede haberse quedado obsoleta o insuficiente. Libérate de ella. Ábrete al cambio. Es evidente que necesitamos objetivos que perseguir para funcionar en nuestra vida y en nuestro mundo. Pero no esperes que los sucesos, el devenir de la vida se ajuste en exceso a lo que pretendemos.

Acepta el cambio como oportunidades abiertas, como nuevos caminos que se abren ante ti. Oportunidades por descubrir más allá de tu antigua mirada. Horizontes nuevos.

Nos duele perder a la persona amada. A veces es inevitable. Nos aferramos a relaciones que pueden ser incompletas sólo por el hecho de no estar solos, porque nos hace la vida más fácil o cómoda o segura… Muchas veces sabemos en el fondo que la relación no es la nuestra, que antes o temprano terminará, y sin embargo la alargamos todo lo posible. Tenemos miedo a la sensación de vacío, de abismo que suele suceder al fin de una relación. Debemos, en definitiva, de permitir la libertad y el crecimiento del otro, aunque nos cueste entender.

Nos duele perder la vida, aunque todos sepamos que sucederá.  No nos resistamos. No alarguemos innecesariamente el proceso. No aumentemos la experiencia de dolor imprescindible. Prestémonos a la experiencia de desaparición como un descanso, sabiendo que hemos vivido lo más plenamente que pudimos.

 

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