I. EL DOLOR NO ENSEÑA
El dolor no enseña nada
especialmente. Es decir, no aporta ninguna oportunidad añadida para el
aprendizaje. Nada más allá de cualquier otra experiencia vital como la alegría,
la sorpresa, la gratitud.
Magnificamos los periodos de dolor.
Primero y más evidentemente, por su enorme coste emocional y energético.
Segundo, porque lo percibimos como un castigo negativo que de alguna manera ha
de ser compensado. Tercero, para sobrevivir a la experiencia y poder continuar
esperanzados con la vida. Nos decimos “lo he pasado mal pero he aprendido la
lección”. Tal vez tengamos razón. Pero el aprendizaje se podría haber realizado
desde múltiples caminos, desde otras experiencias. Es innecesariamente doloroso buscar el
aprendizaje a través del camino del dolor.
Las experiencias dolorosas son
inevitables y nos sacuden invariablemente. Cuando el mismo tipo de experiencia
se nos repite es evidente que debemos realizar un aprendizaje y un cambio de
actitud necesario.
Frecuentemente no podemos evitar la
experiencia dolorosa. Nuestros padres antes o después morirán. Algún amigo desaparecerá
de tu vida sin que puedas entenderlo. No
todas las relaciones que comiences funcionaran. Siempre encontraras a alguien
que te trate mal. Estamos inmersos en un enorme tapiz de vida cuya trama es
infinitamente compleja y te sacudirá aunque tu actitud ante la vida sea sabia y
elevada.
Tenemos una herramienta fundamental
que regula el impacto del dolor sobre nosotros: El desapego. Si nos aferramos a
las cosas, a las personas, a la experiencia feliz y nos resistimos al cambio,
sufriremos. Si abrimos los dedos de las manos y no nos resistimos a que todo
fluya y cambie, limitaremos el dolor a su experiencia natural. Debamos dejar
pasar. Ahora eres feliz, pues agradece y deja pasar. No te aferres a lo que
ayer te hizo feliz, no intentes repetir de forma fetichista la escena. Déjate
crear y cambiar.
Es una tarea que comienza en nuestra
mente: en la idea que nos hemos forjado de nosotros mismos y de nuestro
proyecto de vida. De lo que creemos que necesitamos y buscamos para ser feliz.
Es una idea preconcebida y limitada que hemos ido construyendo en relación a
nuestro entorno. Recibiendo los elementos de nuestros padres, de nuestros
amigos, de los medios de comunicación. Hoy, ahora, puede haberse quedado
obsoleta o insuficiente. Libérate de ella. Ábrete al cambio. Es evidente que
necesitamos objetivos que perseguir para funcionar en nuestra vida y en nuestro
mundo. Pero no esperes que los sucesos, el devenir de la vida se ajuste en exceso
a lo que pretendemos.
Acepta el cambio como oportunidades
abiertas, como nuevos caminos que se abren ante ti. Oportunidades por descubrir
más allá de tu antigua mirada. Horizontes nuevos.
Nos duele perder a la persona amada.
A veces es inevitable. Nos aferramos a relaciones que pueden ser incompletas sólo
por el hecho de no estar solos, porque nos hace la vida más fácil o cómoda o
segura… Muchas veces sabemos en el fondo que la relación no es la nuestra, que
antes o temprano terminará, y sin embargo la alargamos todo lo posible. Tenemos
miedo a la sensación de vacío, de abismo que suele suceder al fin de una relación.
Debemos, en definitiva, de permitir la libertad y el crecimiento del otro,
aunque nos cueste entender.
Nos duele perder la vida, aunque
todos sepamos que sucederá. No nos
resistamos. No alarguemos innecesariamente el proceso. No aumentemos la
experiencia de dolor imprescindible. Prestémonos a la experiencia de desaparición
como un descanso, sabiendo que hemos vivido lo más plenamente que pudimos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario