I.
No hemos venido
al mundo para ser felices. Estamos aquí para desarrollar nuestra consciencia.
Venimos a la
vida con una consciencia determinada. Todo lo que nos ocurre en la vida
conspira para desarrollar nuestra consciencia.
Podemos
definir la consciencia como la capacidad por desarrollar una percepción más
total y profunda de la realidad que nos rodea a través de nuestra visión
interior.
En el “espacio” de donde procedemos todo lo que va
a estar vivo forma parte de una única consciencia universal, atemporal,
presente. Cuando nacemos un pequeño fragmento de esa consciencia universal se
separa y se encarna en un cuerpo. El recuerdo de esta separación constituye un
trauma universal de todo ser vivo y por ende de todo ser humano. La angustia de
separación y de soledad es el trauma más universal y doloroso que hemos de
afrontar. Todas las experiencias vitales que nos lo recuerdan y que nos acercan
al mismo nos hace vivir de nuevo el desazón y el dolor asociado a esta
experiencia primigenia.
La felicidad
es una meta ilusoria. La felicidad es algo pasajero, dependiente de factores
ajenos a nosotros mismos. Es un pequeño premio. El amanecer de un día
soleado. Al igual que no está en nuestra
mano el paso de las nubes y de los
frentes de lluvia tampoco podemos forzar, agarrar o apresar la felicidad.
Sólo podemos
desarrollar nuestra consciencia. En el momento de nuestra muerte, en medio de
terribles miedos de desaparición irreparable y definitiva, nuestra consciencia
vuelve a unirse con esa consciencia universal que de esta manera es
enriquecida. Ese es el milagro y el único sentido de nuestra existencia.
La realidad nos dirige siempre en el sentido de
nuestro desarrollo. Nos fuerza a cambiar y ampliar nuestra visión del mundo. Si
nos resistimos nos vapulea con nuevas experiencias cada vez mas dolorosas. Si
no aprendemos nos fuerza a pasar una y otra vez por una misma experiencia
básica repetida en distintos personajes y escenarios. No existe otra salida que
la transmutación interior: el desarrollo de la consciencia.
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