jueves, 15 de agosto de 2013


VI. NO HE VISTO A DIOS

No he visto a Dios. Lo he buscado, pero mis ojos no se han regocijado en su gloria. Cada vez que lo he buscado sólo he encontrado silencio. La soledad acompaña al que busca lo infinito. No se me ha concedido el gozo de su contemplación. Camino a tientas.

Probablemente la esterilidad de nuestra búsqueda esté relacionada con la idea que tenemos de Dios, con ese conjunto de imágenes y estereotipos que se han transmitido desde los albores del hombre. Probablemente si existe Dios, diste mucho de esa imagen poderosa y volátil de Dios Padre que Miguel Ángel inmortalizó en la Capilla Sixtina.

Buscamos a Dios por pura necesidad. Por estricta demanda de darle un sentido a la vida. Por encontrar una justicia divina que compense en el más allá las injusticias que encontramos en la Tierra. Fundamentalmente, buscamos a Dios para no sentirnos solos: para encontrar alguien que nos escuche, nos consuele, nos dé esperanzas en todo momento y en cualquier lugar.

Probablemente, si existe Dios, no tiene nada que ver con nuestros estereotipos ni con nuestra apremiante necesidad. Probablemente si existe un concepto de Dios esté relacionado con el mundo de la Física, con los retos que nos quedan por descubrir.

Dios podría ser un principio universal que tiende a armonizar la complejidad.

En este sentido me gustaría recordar los experimentos que realizó Masaru Emoto sobre la formación de cristales de hielo en agua bajo distintas condiciones ambientales.  Cuando la formación del hielo se realizaba susurrando palabras de agradecimiento, música suave y relajada la cristalización del agua se realizaba en formas regulares y estéticamente hermosas. Sin embargo, cuando esa misma agua se cristalizaba bajo condiciones de stress ambiental y palabras desagradables se formaban cristales irregulares y deformes. ¿Cómo el agua, algo inerte, podía captar y modificar su cristalización según condiciones ambientales que aparentemente no incidían en el proceso?

Desde hace unos cuatro millones de años, el ser humano ha sido protagonista de la historia del planeta. Ha evolucionado físicamente pero sobre todo ha evolucionado culturalmente. Ha desarrollado una serie de técnicas e innovaciones que a su vez aceleran la mayor evolución y complejidad de las sociedades humanas. El hombre reacciona a cambios medioambientales pero también provoca cambios medioambientales que provocaran a su vez nuevas adaptaciones sociales y culturales que poco a poco aumentan de velocidad y complejidad.

Y si Dios fuese ese principio que intermedia entre la vida y el medio y de alguna manera media para armonizar su crecimiento y complejidad

No siempre el ser humano ha sido digno de ser llamado así, hemos sido capaces de realizar las acciones más viles y crueles: injusticia social, masacres, torturas, extinciones… ¿Cómo hemos sobrevivido como especie, como sociedad?

Probablemente no hemos perecido y hemos podido crecer como sociedad porque en la mayoría de los hombres se encuentra una cierta tendencia hacia la bondad y cierto tipo de justicia. Hemos sobrevivido porque buena parte de los hombres y mujeres han podido conectar con el lado sabio de la vida. Ese canal que de alguna forma nos impulsa al respeto, a la ayuda, a la cooperación y a la solidaridad. Quizás en el mismo aire que nos rodea esté ese impulso “divino” que, al igual que el agua congelándose, nos impulsa hacia la armonía. Al percibirlo y darle un espacio en nuestras vidas estamos fortaleciéndolo. Permitimos que crezca y pueda seguir influyendo en generaciones posteriores. Como las ondas que se expanden del impacto de una piedra sobre el agua.

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