jueves, 8 de agosto de 2013


I.                    TODOS TENEMOS UNA VOZ QUE NOS HABLA

Todos tenemos una ventana de sabiduría en nuestro interior. Todos tenemos una voz que nos habla. Todos tenemos nuestro maestro interior: nuestra sabiduría.

Las dificultades para encontrarla, discriminarla y aprender a confiar en ella son diversas.

Uno de los problemas más graves radica en la multitud de voces que puebla nuestro interior. Una de las fuentes de estas voces es nuestro pensamiento. Nuestra mente emite una multitud de voces, de pensamientos que acuden de forma constante a nuestra consciencia. Pensamos en lo que tenemos que hacer, recordamos conversaciones, nos viene a la mente imágenes de las personas que vimos ayer o a veces un pequeño gesto, una imagen nos hace recordar momentos muy antiguos o personas que hacía tiempo que no veíamos.

Otra de las dificultades para distinguir la voz de nuestra consciencia son los deseos y las pulsiones que nos llegan desde el cuerpo. El hambre que nos evoca imágenes de comida. El deseo sexual que nos impulsa con una fuerza desmedida. No podemos hacer nada para luchar contra esas pulsiones y necesidades corporales. Lo mejor es evitar convertir nuestra vida y nuestro cuerpo en un campo de batalla. En un ring. Lo mejor es rendirse a ellas y satisfacerlas siempre que no comporten ninguna agresión para nosotros mismos o para los demás. No es muy sabio dedicar buena parte de nuestra energía a luchar contra nuestra esencia animal. Podemos plegarnos a sus designios, no darles más importancia de la que realmente tiene y dejar espacio para nuestra dimensión espiritual.

Una tercera fuente de distorsión consiste en los valores y modelos adquiridos en el proceso educativo y familiar. Los patrones familiares que a fuerza de estar presentes en nuestra infancia van siendo asumidos de forma inconsciente y que terminan acompañándonos durante nuestra vida. Nuestra forma de ver y relacionarnos con el dinero, con el sexo, en las relaciones, tiene muchos rasgos prestados y asumidos. Existen patrones familiares comunes dentro de los hermanos, de los distintos componentes de una misma familia. Comenzamos a vernos a través de los ojos de los demás y poco a poco vamos escindiendo nuestra mirada del espejo que supone la visión del otro.  Poner consciencia a esos patrones prestados, surgidos en circunstancias ya pasadas y frecuentemente inadaptados a la realidad actual es un proceso arduo y complejo.

Debido a esta acumulación de voces interiores: pensamientos, deseos y necesidades, patrones adquiridos nuestro interior es confuso, cambiante y a menudo inseguro. Nos cuesta estar en silencio interior, sentirnos vacíos de lastre. En ese contextos, la voz de nuestra consciencia es una más. Frecuentemente no podemos distinguirla y mucho menos convertirla en una herramienta para la vida.

La voz de la consciencia se fortalece y se debilita. No permanece estable sino que su presencia depende en gran medida de nuestras decisiones, de nuestra actividad.

Se debilita a fuerza a de no prestarle atención y no seguirla. Se transforma entonces en un pálido murmullo difícilmente distinguible de otras voces mucho más rotundas. En general- dentro del estilo de vida actual en las sociedades occidentales- , dominan los pensamientos de nuestra mente y las pulsiones sexuales y alimenticias de nuestro cuerpo. El resto de nuestra actividad interior va quedando relegada para poder satisfacer deseos y pensamientos.

Primero hemos de aprender a bajar el volumen de nuestra actividad mental, a satisfacer nuestros deseos sin investirlos de una importancia obsesiva. Empezamos a crear cierta tranquilidad donde la voz de nuestra consciencia pueda ser perceptible.

Si aprendemos a escucharla y dejamos que se convierta en una guía en nuestra vida estamos poniendo las bases para su desarrollo. Irá inundándonos y llenándonos de un mensaje claro y diáfano, de una guía en nuestras vidas.

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